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Son los paridos en la euforia salinista del libre comercio. Entre una crisis política con sabor a fraude electoral y un crack económico que despojó a sus padres de casas,
y tarjetas de crédito. Son los hijos de las UDIS.
Crecieron entre los lamentos de sus padres, que maldecían el haberse dejado arrastrar por los sueños de un gobierno priista que los llevó a hipotecarse comprando esperanzas de futuro.
Eran recién nacidos o tenían seis años cuando asesinaron a Luis Donaldo Colosio. Y ya tenían entre 6 y 12 años cuando sus papás los contagiaron de una esperanza política llamada Vicente
Fox. Volvieron a frustrarse porque el cambio no se dio.
Forman parte de la primera de las últimas 10 generaciones que crece en un México ensangrentado. Cuando Felipe Calderón les dijo que sería el presidente del empleo y le declaró la guerra al narcotráfico, eran adolescentes de entre 12 y 18 años. Les robaron la paz, les tiñeron de rojo sus ojos y están sudando para garantizarse un salario.
Pero el colmo es que cuando ellos nacieron, los priistas de moda eran Carlos Salinas de Gortari, Manuel Bartlett, Luis Donaldo Colosio, Manuel Camacho, Ernesto Zedillo, Pedro Joaquín Coldwell, Emilio Gamboa y Manlio Fabio Beltrones.
En el PAN se ponían en primera fila Carlos Castillo Peraza, Luis H. Álvarez, Diego Fernández de Cevallos, Felipe Calderón, Carlos Medina Plascencia y Vicente Fox.
Y en la naciente Corriente Democrática, que más tarde se convertiría en el PRD, los jefes supremos eran Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Pablo Gómez y Ricardo Monreal.
¿Suenan familiares todos esos nombres? Haciendo a un lado a los difuntos, son los mismos que hoy agitan el juego político del 2012. Los que tienen el control de la agenda nacional. Los que buscan otros seis años.
Y ahí podría ubicarse uno de los ejes de las protestas del #YoSoy132. A la falla estructural sistémica para crear nuevos liderazgos que permitan reciclar las aguas políticas y económicas estancadas. Hay hartazgo. No hay a quien seguir.
El choque generacional es frontal entre análogos oligopólicos y digitales de
libredestino. Entre los que pretenden perpetuarse y los que buscan abrirse paso. Entre los que dicen que lo que tienen no les basta y los que les dicen “¡Ya basta!”.
Y no es suficiente decir que el mexiquense Enrique Peña Nieto, el nuevoleonés Rodrigo Medina o el tapatío Aristóteles Sandoval, por citar tres casos, personifican a esa nueva generación. Son clones muy controlados por sus poderosos creadores.
Es cierto que la crisis de liderazgo es mundial. Se evaporaron los Clinton, las Thatcher, los Miterrand. Incluso en el Vaticano, el carisma de Juan Pablo II es irreemplazable.
Pero no se le puede explicar a una generación #YoSoy132 que busca rumbo, que trata de forjar un destino, que lo mejor que el futuro le puede ofrecer es sangre –porque seguirá corriendo–, pero sin sudor –porque no habrá empleo–.
Por eso hay que valorarlos. Por eso hay que comprenderlos. Por eso hay que creer que su causa es justa.
Porque estamos ante la última oportunidad de provocar en las urnas la renovación de las aguas estancadas. La próxima será arrebatar o ser sometidos en el intento. Nadie lo deseamos.